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jueves, 03 de julio de 2008
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De Rayuela y el rock en español: libres apuntes caprichosos

Por Francisco Conde





En San Antonio Abad, avenida que desemboca en la calle que lleva irremediablemente al zócalo de la Ciudad de México, se yergue misterioso y arrobador uno de los tantos santuarios del que se quiere discreto en las artes eróticas: La Maga, un hotel como tantos que pueblan esa conocida avenida para los caminantes noctívagos y solitarios empedernidos. De norte a sur, en la acera poniente, su letrero rojo luminoso promete la bienaventuranza de impúdicas caricias. Además, su nombre remite decididamente a uno de los personajes femeninos más entrañables de la literatura hispanoamericana.

RAYUELA DE JULIO CORTAZAR




Publicada en 1963, Rayuela de Julio Cortázar, irrumpe entre los círculos literarios por su novedosa estructura narrativa: 155 capítulos que se pueden leer como se plazca. Porque Rayuela es, a decir de su autor, “muchos libros, pero sobre todo dos libros”. Explico, se puede leer de manera lineal del primer capítulo hasta el 56, de aquí hasta el último capítulo, son textos “prescindibles”, según Cortázar se pueden omitir sin culpa. O seguir un tablero de dirección en el cual la totalidad de la novela se entrelaza, se divierte, coquetea con muchos mundos y al final se vuelve circular. Incluso se vale leerla de cualquier otra manera, a sorbos, por días.




También, como toda la obra del argentino, está inundada de música, canciones y armonías icónicas del jazz: de Thelonius Monk a Bessie Smith y de Dizzie Gillespie a Jelly Roll Morton. Incluso, un trabajo arduo, acucioso y disfrutable es el de Pilar Peyrat, Jazzuela, un disco-libro que recoge las canciones aludidas en la novela.






Este es un esbozo breve y fatalmente incompleto de Rayuela. No obstante, como cualquier otro texto literario, siempre puede revivir en el lector momentos, canciones, amores pasados, etc. Así, la referencia al hotel al principio de este texto puede pasar inadvertida a muchos de sus efímeros ocupantes. O muchas de las referencias jazzísticas pueden ser desconocidas para los lectores de la novela. Aun así, uno puede converger con ciertos capítulos recordando canciones propias del rock en español, canciones que, como la novela, también confluyen en la emotividad y el recuerdo del afortunado que caiga en sus páginas. Por ejemplo, uno de los capítulos más conocidos de Rayuela es el número 7: “Toco tu boca, con un dedo voy tocando el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera…”



Y uno no puede dejar de pensar en ese momento dulce del escarceo amoroso, del beso robado en cualquier rincón de nombre ya olvidado, de decir, como San Pascualito Rey, soy “Tuyo”.







Tal vez se pueda recordar, mientras se lee el capítulo 68, un deseo irrefrenablemente impuro de mirar a los ojos a una morena con una espada en la mano y repetir, lentamente el inicio del capítulo:

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.”
 


Este texto, como la novela, es incomprensiblemente evidente. Digo, quien nunca haya visto a una mujer tordulándose los hurgalios mientras uno acerca sus orfelunios, no ha vivido. Y a la mente recurre otra canción rockera, de Fratta, que con el mismo impulso concupiscente desea “Ponerte a girar”.





Otro ejercicio. La novela empieza con la pregunta “¿Encontraría a la Maga?” Y nos remite a esos encuentros fortuitos, de los que buscamos siempre y a diario con el ímpetu del azar y el desazar. Prosigue Cortázar en este primer capítulo:


Tantas veces me (…) dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa.”




Jaime López, en su disco Arando el aire, nos da un panorama de esas búsquedas perpetuas y siempre renovadas. Él no busca a Jesús, busca a la Magdalena,





 

Hasta aquí este ejercicio caprichoso libresco y musical: de Rayuela y el jazz, de la nostalgia y la ventura, del amor y sus demonios. Estos sólo fueron tres ejemplos azarosos, un divertimento, pues. ¿A alguien se le ocurre algún otro?

 

 

 

 

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Tags:  Rayuela Julio Cortazar
 
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