Los Dorados: incendiarios músicos villistas Por Jesús Francisco Conde de Arriaga
Alguna vez escuché a Guillermo Zapata, el Caudillo del Son, expresar: “el jazz, como dice David Haro, es un desmadre organizado.” Y la broma se celebra aunque sea, por decir lo menos, inexacta. O aquella otra que dice que el secreto del jazz está en tocar todas las notas que en ese momento no van.
El jazz se muestra, en sus expresiones contemporáneas, cada vez más heterogéneo. El rock, el blues y la música electrónica coquetean con el virtuosismo y la improvisación propia del género. Así, dentro de una desacertada generalización de jazz, podemos encontrar lo mismo el banjo de Bèla Fleck y sus impactantes Flecktones que el soft light jazz de Diana Krall; el enérgico sonido de Alex Machacek o la preciosista trompeta de Wynton Marsalis; la nostalgia transnacional de Paté de Fuá o el sonido dorado (del que se ocupan estas líneas) de Carlos Maldonado, Damián Gálvez, Daniel Zlotnik y Rodrigo Barbosa.
En el panorama jazzístico mexicano, varios nombres suenan en la irredenta melomanía colectiva: Juan José Calatayud, Roberto Aymes, Tino Contreras, Magos Herrera, Héctor Infanzón o Eugenio Toussaint, sólo por mencionar los que llegan al vuelo. Y el cuadro se va renovando con el cuarteto arriba mencionado.
El nombre del grupo es Los Dorados, clara alusión al ejército comandado con pericia por el Centauro Revolucionario. Desde Vientos del norte, su primer disco de 2004, que fue producido de manera completamente independiente, han brincado a espacios como la revista Rolling Stone, el Canal 22 de México con Eugenia León o hasta Telehit, comprobando que siempre hay oídos abiertos a escuchar de manera atenta y distinta nuevas propuestas.
El segundo material discográfico, Turbulencia del 2006, bajo el sello de Discos Intolerancia y coproducido por Gerry Rosado, confluye abiertamente en el rock sin perder su personalidad y sonoridad característica. Es aquí, en el free jazz donde mejor se mueven, donde sin problemas existenciales pueden reconfigurar el sonido clásico con música de cámara, noise, electrónica o mexicana.
Los Dorados se formaron en el año de 2003 con un fin común: la creación de música con base en la improvisación y en el libre fluir armónico y melódico, así como la composición en el azar de la colectividad. Músicos hechos en los territorios de su alma mater musical (el jazz), conscientes de la tradición, el peso histórico o las constantes transformaciones sonoras, han sabido combinar su pasión por lo impredecible de la música original con su profesión como ejecutantes.
Este año nos entregan Incendio (Intolerancia, 2008), un disco que se hizo gracias a diversos apoyos como la coinversión del FONCA o el del estado de Coahuila, combinando así la creatividad musical con la búsqueda de espacios y soportes no tan convencionales; caminos múltiples que encuentran un cauce natural. Es decir, un todo que se traduce en un trabajo orgánico, finísimo e integral.
Y la propuesta sonora del cuarteto también puede desembocar en colaboraciones con el DJ Rayo o con Cuong Vu, icónico trompetista y un artista experimental consumado. Con este músico nacido en Vietnam que adquirió notoriedad con el espléndido ensamble de Pat Metheny, estos artistas impulsivos encontraron un cómplice para delinear una aventura más. Así se consuma una visión estética libre de solemnidades pero disciplinada; lúdica pero elaborada. Los Dorados provocarán un incendio, ya sea en nuestros oídos, en sus grupis, en la amplia escena jazzera o en donde encuentren un resquicio, cualquiera que este sea.
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