Enrique Bunbury, El renegado del diablo
Por Rocío Estrada
“En México cada concierto se vive como si fuera el último”. Alguna ocasión Enrique Bunbury hizo esta declaración, justo para explicar por qué le gusta tanto venir a nuestro país. Lo vivido el pasado 29 de octubre en el Palacio de los Deportes demostró una vez más esa pasión mexicana. Si algunos creen que la fiesta empezó pasadas las 9:30 de la noche, están completamente equivocados. Si algunos creyeron que el español no llenaría, estaban completamente equivocados. Los verdaderos seguidores, lo que dan todo por estar, empezaron el concierto después del medio día, justo en la inmensa fila que rodeaba al Domo de Cobre. Los boletos estaban todos agotados.
Con sus camisetas negras con la imagen de Bunbury, en su mayoría, o con sombrero y botas de cowboy, poco a poco y con la paciencia más grande del universo, cientos de jóvenes esperaron bajo el rayo del sol, para de alcanzar un primerísimo lugar. Estar lo más cerca del escenario merece sacrificios.
Si las horas pasaron lentas o rápidas, les corresponderá decirlo a cada uno de los que ahí estuvieron. Para quienes la fiesta inició después de las ocho de la noche, sabían también, que les esperaba una noche destinada a los sueños, los personajes de cabaret, al ambiente de arrabal, a los viajes y a la soledad. Pasión pura.
El piso rojo del escenario con ese aire bunburiano es lo único que se podía ver. Agotado el tiempo de espera, tras el final de la canción que se escuchaba en el sonido ambiental del Domo, el público coreaba el nombre de la única persona que querían: “En-ri-que, En-ri-que, En-ri-que…”, se elevaba como plegaria, hasta que la oscuridad cayó y un centenar de luces provenientes de los celulares aguardaban para captar la primera imagen.
El renegado, apareció como un vaquero. De negro, ¿qué otro color podía ser? “El club de los imposibles” abrió la noche y las miles de gargantas ahí presentes. “Buenas noches, cabrones” fue su saludo y un alarido que cimbró los cimientos del Palacio, la respuesta. Una batalla de luces, que pocas veces se logra ver en un espectáculo, formó parte de un alucinante viaje, de una metamorfosis. Teatral, como suele ser, Enrique Bunbury recorría cada uno de los rincones del escenario, con o sin guitarra en mano, provocando gritos en cada paso. “México, D.F., somos muchos”, dijo.
“Señorita hermafrodita”, “Hay muy poca gente” y “Bujías para el dolor” se fueron desprendiendo de la enorme lista de rolas destinadas para el concierto. El rock and roll no podía faltar y para ello advirtió a sus fans, “No sé si a ustedes les gusta el rock and roll, y si hay alguno que no le guste el rock and roll, esto les va a doler”. Lo que vino fue “Sino fuera por ti” y “Sólo si me perdonas”, eso sí “una canción para la capacidad del perdón”.
Cambió su camisa de negro a rojo, acompañado del sonido que creó para Flamingos. “Sácame de aquí” transformó el escenario en un espacio arrabalero, de cortinas y lámparas en rojo. Las plumas no podían faltar. El sonido del acordeón levantó aún más el ánimo, “El extranjero” hacia su aparición para fortuna de todos. “Desmejorado” se unió a ese breve momento de amor y dolor. En una de las muchas palabras que dirigió a sus fanáticos, aseguró que él viene de la música negra y el blues... ésa fue su presentación para “Infinito”.
Un breve espacio. La primera salida del escenario, que sirvió para proyectar fragmentos de las películas que le gustan; de monstruos, diablos y seres de otras galaxias. “Si” fue el regreso de Enrique al escenario, de nuevo vestido de negro. “Apuesta por el rock and roll” volvió a hacer vibrar el lugar, junto con “El hombre delgado que no flaqueará jamás” y “El viento a favor”. Una primera despedida y el regreso para un set mucho más tranquilo. Con tequila en mano brindó por todos los asistentes, “brindo por ustedes, brindo por sus hijos, por sus padres y por Don Julio”, ahora sí, como dijo, “la canción que estaban esperando esta noche”, y con toda su intensidad cantó “No me llames cariño”. Nadie quería el final, por eso la petición de una más. Complaciente regresó para cerrar con “Canción cruel” y “El tiempo de las cerezas”. Intenso como él, el cierre les dejó a sus seguidores la convicción de haber vivido un gran concierto. Para los que bailaron y elevaron sus voces, para los que esperaron por horas, la noche estaba completa. Y sí, en realidad lo vivieron como si fuera el último.
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