Entre argentinos decadentes y ángeles caídos Por Carlos Ramón Morales
Hay un respeto a priori por la Bersuit. Podrían llegar y tocar mal, masacrar el concierto con desatinos, vomitar el escenario y el público les seguiría aplaudiendo. El Pelón Cordera tiene este porte de orate sagrado que aún en su peor desvarío dirá algo verdadero. Si a esto lo acompaña su regimiento de ruidos latinoamericanos (tanta cumbia y guaracha matizadas por el rock), se logra una emotividad más cercana a la convicción que a la adrenalina. La Bersuit está ocupando ese lugar que en su tiempo y su contexto tuvieron Silvio Rodríguez, los Fabulosos Cadillacs o Charly García. “Mi vida”, “La soledad” y hasta “Yo tomo” son canciones que no revientan; implosionan y van asentándose en las conciencias. Si grupos como Caifanes o Soda convocaban desde sus imágenes preciosistas, Bersuit llega a la gente con simpleza y verdad: “Por las noches la soledad desespera/ ¿A ver si viene del cielo una enfermera del amor?”, o acaso más sentencioso: “Tomo para no enamorarme/ me enamoro para no tomar”. Y mientras vuelan por el cielo Salinas de Gortari y Vicente Fox con obscenas bolsas de dinero, se expande una promesa que no por manoseada es menos contemporánea: “porque en la selva, se escuchan tiros/ y son las armas de los pobres/ son los gritos del latino...”
La actualidad de la Bersuit contrasta con la tibieza de Santa Sabina. Quizá un espacio tan amplio no sea su sitio, quizá cuatro años en pausa resta energía, quizá es tal su concentración en sus actuales proyectos, que los integrantes no pueden recrear la magia que los hizo impresionantes en los años noventa. Rita exagera teatralidad, Poncho es menos demente y más comprometido; las canciones parecen demasiado etéreas en un escenario donde se ha dado preferencia a las percusiones agitadas y la estridencia. De ahí que temas como “La Daga” o “El Ángel” pasen sin pena ni gloria; apenas un furor melancólico con el “Vampiro”, y empiezan a prender justo cuando se da el final, con “Chicles” y con “Azul casi morado”. Incomoda preguntarse si su sonido (y su generación (y sus consignas)) han envejecido.
Black Rebel Motorcycle Club desenmarañan las preguntas incómodas. La noche ya se ha asentado en el Escenario Verde, las luces transforman al escenario y éste se convierte en el espacio perfecto para un rock duro, seco, sin concesiones, que va del punk al blues sin demasiados adornos, pero con mucho punch y eficacia. Una propuesta que hubiera merecido más un espacio en solitario que formar parte de un festival, para poder apreciarla en toda su contundencia. Pues en realidad, la gente tomó a BRMC como buena antesala para los héroes de la primera noche. Los Auténticos Decadentes, quienes desde su nombre anuncian la fiesta que quedó en suspenso desde la Bersuit.
Los Auténticos Decadentes marcan la nueva nostalgia de la banda. Su música está hecha para la fiesta y los romances que nacen en las fiestas. No en vano muchas de sus canciones se han convertido en coros para canchas futboleras y finales de parranda. Esta sensación es la que priva mientras se lanza al ruedo la murga decadente. Los grupos de amigos que se toman fotos; los besuqueos imprudentes, legitimados por la dulzura de “Besándote”; la poca energía que debía guardarse para mañana pero que siempre puede derrocharse; todo reposo nocturno se olvida y la fiesta renace con la docena de músicos comandados por Cucho Parisi.
“Mañana estará mejor”, susurran dos que tres enterados. Pero para quienes solo participaron este sábado en la aventura VL, con los Straitjackets, Panteón Rococó, la Bersuit y los Auténticos Decadentes, la jornada ha cumplido. Hacia las once, el cuerpo pide cama y suero. Mañana hay Botellos, Grandes Silencios, Lobos, Malditas Vecindades. La jornada es ardua.