Domingo 25 de mayo: la leyenda de Los Lobos y la leyendita negra. Por Carlos Ramón Morales
La carrera la inician los regios de Niña. Se presentan con capas negras al escenario. A mi lado, un villamelón escéptico dictamina: “¿Qué puede esperarse de una banda que se llame Niña?” Pero basta que inicien las guitarras para que se le olviden las ironías y se entregue al grupo, que con un buen balance entre punk y letras poperas, consigue prender a la gente. Canciones como “5 minutos” o “Punk robot” son coreadas por la banda, quienes les aceptan a los Niñas todos los desfiguros, incluso la horrorosa botarga de dinosaurio que sirve de pretexto para cantar “Godzilla”. Así Niña cumple bien con la apertura del domingo.
Una sorpresa sigue el show. Aunque el programa anuncia a Los Piojos, Tex Tex irrumpe con su rock agropecuario. El Muñeco Mayor sabe mover a la banda con consignas contra la caja idiota, chistes benévolamente machines y rock and roll en estado puro. El público, que el día anterior demandaba música para slam, ahora sabe cantar las rolas de los texcoquenses. Se canta “Ahora que no vives conmigo”, “Me dijiste que mi vida no tenía sentido” y el punto culminante se da con “Te vas a acordar de mí”.
El ambiente queda más que listo para la gran descarga de adrenalina que traen el surf de Lost Acapulco y el chuntaro style de El Gran Silencio. Entre las dos bandas se instaura la demencia más pura. Se suceden los manteados, el slam deja de ser un círculo y contagia a toda la plancha verde. Lost Acapulco imperturbables en su surf; El Gran Silencio explosivo con su rock-cumbia-norteña. Los primeros sirven para el manteado; los segundos permiten abrazar a la morra y girar con ella.
Hacia las cuatro de la tarde aparece Botellita de Jerez. Pueden estar rucos, su rock puede ser limitado, su habilidad musical puede carecer de virtuosismo, pero tienen bien ganado su nicho como los fundadores del rock que se ha escuchado durante toda la jornada. Adolescentes cantan de memoria los hits del guacarrock. Armando Vega-Gil acuña una consigna contra la anglofilia de muchos grupos, que la banda corea entusiasmada: “Cool es culero, naco es chido”. Botellita de Jerez hace mucho que ha dejado de ser referente musical, para convertirse en performance y rito. Así lo demuestran los guacarrucanroleros al desplegar un show en el que bailan como concheros, ofrecen sus rolas a los cuatro puntos cardinales, y cuando no saben sacarle sonido a un par de caracoles consiguen hacerlo de un par de botellas de cerveza, logrando la comunión enloquecida del público.
¿Cómo se puede superar la cumbre que dejan los botellos? El reto parece más difícil cuando aparecen otros veteranos, que no se ayudan con baterías de peluche o penachos. Los Lobos solamente saben tocar rock and roll, tal vez por eso la banda se desconcierta y los reciben aventando vasos de cerveza. Pero aquí ocurre uno de estos milagros del VL: Los Lobos nunca se amilanan, se concentran en su música, tocan, acaso hacen una concesión y nos hacen recordar que ellos han hecho un cover insuperable de “Come on Let´s Go”; conforme la banda se deja hipnotizar, ellos despliegan esta música de folk y ranchera, entre el rock de vieja alcurnia y fusiones posmodernas, como su versión a “Volver, volver”. Cuando tocan “La bamba”, el público ya ha sido domado por completo. Da pena no escucharlos más tiempo. Pero son las seis de la tarde y en veinte minutos aparecerán Babasónicos a escena.
Sin lugar a las especulaciones: Babasónicos están en su mejor momento. Su mayor expresividad, el mejor contacto con el público, la posibilidad de reinventarse y ser actuales a los sonidos que le demanda la banda. A Babasónicos se les permiten todas las arrogancias, todos los excesos. Sus rolas son coreadas por miles, en una comunión que los confirma como el grupo de rock pop en español más interesante del momento. Canciones como “Sin mi diablo”, “Pendejo”, “Risa”, “Yegua” o “Putita”, se instauran como nuevos himnos generacionales. ¿Una muestra de su poder de convocatoria? Son los únicos de la escena verde que hacen encore.
El nivel queda muy alto para la siguiente banda, que se hace sándwich entre Babasónicos y los Malditos. Peor si el grupo es Panda, con su leyenda negra de plagiadores y su actitud arrogante. Desde horas atrás se comentaba: “no se trata de ver a Panda, se trata de ver qué le hace la banda a Panda”. Lo primero: dos terceras partes del público que coreó a Babasónicos corrió al escenario azul, donde tocaba Jarabe de Palo. El tercio que se quedó estaba preocupado porque los vasos de cartón no llegarían hasta el escenario verde. Algún espíritu renacentista descubrió que llenando las botellas de agua con tierra, se podían hacer llegar hasta el grupo. Así, entre proyectiles, polvo, dedos medios en alto y silbatinas, transcurrió la presentación de los regiomontanos. Apenas una centena de fans from hell corearon sus canciones e intentaron apagar con aplausos el abucheo de los otros (que no se diga que no hemos aprendido nada del Congreso).
Es contradictorio el sentimiento: por un lado se entiende la exigencia del público, que tiene toda la libertad de vociferar su repudio a quienes no creen dignos del escenario. No es un concierto de un grupo, es un festival donde se suceden distintas propuestas, con toda la crueldad democrática que esto implica. Por otro lado, se reconoce con tristeza este ánimo de linchamiento. Si no quieren verlos, ¿qué hacen ahí? ¿No sería afrenta más dura la indiferencia, un auditorio vacío mostrando su rechazo? Pero lo más penoso ocurre al final, cuando más bravo que diplomático, el vocalista Pepe exclama: “Segunda vez que no nos pegaron, la leyenda vive”. Ah cabrón, pues ¿cuál leyenda? La banda enfurece al doble y las botellas con tierra se hacen más copiosas. Panda deja el escenario con la triste sensación de no poderse comunicar.