El largo camino para llegar a la Vecindad. Por Carlos Ramón Morales
Tras la desagradable experiencia, el público queda en suspenso. Lentamente se dejan venir ríos de personas de los otros escenarios. Pueden estar rebasados, a algunos pueden parecerles demasiado panfletarios, los más ortodoxos asegurarán que sólo sirven sus dos primeros discos, pero esta noche son la leyenda a mirar, el verdadero momento cumbre del Festival. Este carácter mítico se entiende cuando por la pantalla gigante se ve arribar un taxi cocodrilo de los años cincuenta. Los gritos no cesan mientras de él se ve bajar a la cuarteta de pachucos. Roco, Sax, el Pato y Aldo se acercan, señoriales en sus tacuches negros, al escenario.
Son los reyes de la noche; capaces de reinventarse con gran fortuna; hábiles para reinstaurar la fiesta en la plancha verde y declarar al Foro Sol una zona de paz y tolerancia. La plancha toda es un salón de baile. Con “Pachuco” y “Un poco de sangre” se apura el slam al centro, en los costados se sabrosean las parejas con “Ya lo pasado, pasado” y “Morenaza”, las gradas hacen lo suyo prendiendo las pantallas de sus celulares (qué nostalgia, cuando se hacía con encendedores) y Rocco (¡qué suerte!) es sobrio con sus consignas y cualquier politiquería la convierte en invitación al baile.
Por supuesto que el momento cumbre se da con “Kumbala”, y por supuesto que es el momento en el que toda la plancha se funde en el borde del sollozo, cuando ya no importa si falto tal banda o sobró tal otra, si otras ediciones del VL fueron mejores o si ésta superó a las anteriores, si las chelas fueron demasiado caras o si la seguridad pecó de arrogante (nada raro). Cuando suena “Kumbala” no importa nada: la noche es melancólica, la noche es cachonda, de la noche son las cosas del amor y todos nos enamoramos un poco.
El público intenta el encore pero no es complacido. La verdadera culminación viene con Nortec. Podría parecer un desatino, pero resultan un excelente epílogo para las dos jornadas de cerveza y baile y gritos. Bostich y Fussible, bien armados de instrumentos de viento, esparcen su electrónica norteña sobre un auditorio que ha llegado al cenit y ahora se mantiene en un limbo hipnótico, sosegado, que tiene su única expresión evidente en el baile. Si la Maldita cerró espectacularmente el Vive Latino, Nortec lo difumina enérgicamente con sus éxitos. Viene “Say Box”, “Tengo la voz”, “Tijuana makes me happy” y “Polaris”. Viene el anuncio elegiaco: termina el Nortec Collective, se abre un nuevo ciclo para el proyecto tijuanense.
Y con esta confusa sensación de lo que muere y reinicia, de lo que ya es nostalgia y lo que se ansía del futuro, los pasos de la banda se enfilan al estacionamiento, al metro, a los carísimos taxis que merodean por Río Churubusco. El Vive Latino 08 ha terminado; su leyenda empieza a fraguarse. Los lemas que adornan las gradas del Foro Sol confirman la permanencia del rock mexicano: es momento de agregar nuevas frases, nuevos mitos, nuevos momentos de una música que sigue hablándole íntimamente a la banda.