La invasión o avanzada regia, así como el Rock En Tu Idioma y varias etiquetas más, no representa del todo la realidad. Cuando se usa aquél término se piensa en bandas como Panda, aunque afortunadamente el mundo es tan grande que lo de ellos, aunque importante a nivel mediático, puede pasar inadvertido en grandes sectores del rock. Es decir, que Panda y demás atrocidades no representan la música hecha en la norteña región del país.Históricamente, Monterrey le ha dado al metal varias bandas de las que sentirse realmente orgulloso (Argentum y Mortuary son buenos ejemplos).
En días pasados y con el magnífico Universevil bajo el brazo, Maligno se embarcó una clásica gira metalera por el D.F. y una escapadita a Cuatitlán Izcalli. Todo comenzó un jueves en uno que hoy es más bien antro, el Rock House de Insurgentes Sur. La banda venía con todo el ánimo de mostrar su trabajo al público capitalino, porque aunque suene pretencioso, una ciudad de 20 millones de habitantes parece ser una buena plataforma. Fue la primera de dos noches en que los acompañó Desert Stone, proyecto que suena a stoner de gran calidad y que con un poco de suerte, también logrará que su nombre suene fuerte en el futuro inmediato. A pesar de que el escenario ahora está decorado con una especie de escenografía tipo Alí Babá y los 40 ladrones, cuando Maligno tomó el escenario la constante fue el meneo frenético de varias cabezas.Entre el público estaban los Ágora, algunos promotores independientes, gente representantes de sellos discográficos y diversos periodistas. Provechosa noche en ese sentido aunque el audio no les ayudó mucho. Lo que dejaron bien claro fue que Maligno no solamente tiene futuro, sino que México de verdad cuenta con bandas de excelencia, por lo menos en el metal.
La siguiente fue una atípica noche de viernes. En el mundo de la lucha libre existe un personaje que lleva el metal en el nombre. Heavy Metal tiene un pequeño bar en el corazón de la colonia Roma. Breve en espacio pero acogedor como pocos, tímido en su presentación hacia la calle pero ruidoso en su interior, el barecito es una verdadera joya surrealista del mundo del rock duro. Sin escenario, con una tarima para la batería (en lo que solía ser la barra) y con el backline (amplis) como único motivo sonoro, el ambiente fue exquisito. Abrió fuego Desert Stone, ahora sí, con buen audio. Luego tocó un trío espectacular llamado El Brujo. Viva la psicodelia. Pero el bar no tiene división entre público y banda, así que cerveza en mano, a medio metro de Luis Barjau (voz) la escena de fans y músicos al mismo nivel era bizarra y muy nuestra. Sus gesticulaciones atrapaban la atención mientras al final de cada canción le acercaba el micrófono un poquito más a la primera barrera de metaleros, hasta que el concepto de espacio vital quedó en el olvido. Lo mejor era ir al baño, porque la única manera de hacerlo era pasando en medio de los músicos. Por si alguno duda que el “underground” existe y está vivo.
Al día siguiente y con dos noches de parranda encima, los estragos en banda y seguidores ya se empezaban a notar.En las calles del Chopo, con ojeras tamaño metalero, los cinco músicos se presentaron frente a varios que estuvieron las noches anteriores (y que nos veíamos igual) y un par de centenas más. La respuesta fue espectacular, y es que la calidad, como la belleza, no queda de otra más que admirarla. Al final del día, haber visto a Maligno en tres ocasiones distintas, en sendos lugares tan particulares en su composición fue un agasajo. Los hemos visto en el Monterrey Metal Fest., con Mago de Oz, con Guns and Roses. Pero esas tres correrías en ambientes con olor a cerveza y el pulso de metaleros reales, de calle, entregados a la pura maldá de los regios, fue totalmente placentero. El futuro se trabaja paso a paso, y Maligno no lleva prisa. Dicen que vale más paso que dure y no trote que canse. Caminemos de la mano de Maligno, que en el viaje seguro tendremos mucho qué contar.