Me gusta decir “Indie” cuando estoy en la Condechi Por Carlos Ramón Morales
Indie: la primera vez que me topé con la palabreja fue en una revista trendy donde una niña nice exhibía su anorexia cool. La niña murió dos semanas después pero ahí entendí que lo indie estaba de webos (con doble u y be de burro pa’ que tenga más ondita).
¿Indie no es lo mismo que alternativo? Como buen noventero apaleado, en alguna ocasión lo pregunté, y fue como haber cantado una rola de Lucerito en un concierto de Pantera. Tras tremenda abucheada alguien me explica que: Lo alternativo fue la propuesta noventera, sobre todo musical, que enfrentaba a los sonidos agotados del mainstream. Lo alternativo, en tanto menos publicitado, parecía más “auténtico”. Algo así como la diferencia entre el maligno refresco gaseoso contra la inmaculada agua de horchata. Pero en todo caso, lo alternativo se ofrecía como propuesta meramente musical.
Lo indie remueve lo musical desde sus sistemas de producción. En vez de grandes transnacionales, que comprometan a los artistas estéticamente, lo indie apuesta por la honestidad y la calidad (ajá) desde las alternativas baratas y asequibles de producción que permiten las nuevas tecnologías.
Lo indie es puro y, en consecuencia, heróico. Frente a los excesos de grupos hiperpublicitados como U2, nada más sano que un grupo como The Strokes (mjm) que sólo rockea duro, sin mayor pretensión (cof cof). Los ámbitos del indie son diferentes de los creados por las grandes productoras: myspace, tráficos discretos de mp3, conciertos en bares y antros pequeños: parecería que mientras más discreto, más puro (y bueno) también.
¿Nadie se escandaliza si sugiero que finalmente (y salvo los artistas de probeta onda RBD) todo artista o grupo es indie en un inicio? ¿Que desde que Elvis pagó por grabar el disco de cumpleaños de su mami, las primeras producciones roqueras se hicieron sin la intervención de una transnacional?
Al menos en México, el rock sobrevivió gracias a su carácter independiente. El rock postAvándaro se produjo a contrapelo del mainstream. Aun en los años ochenta, que grupos como Ritmo Peligroso o Kenny y los Eléctricos consiguieron saltar del hoyo fonqui a algún programa de televisión, sus grabaciones debían hacerse a contracorriente de las transnacionales. Sellos como Pentagrama, Denver, Opción Sónica y otros han sido preferidos por músicos que no han querido (o no han podido) entrar al juego transnacional. Otros sellos como Culebra (de BMG Ariola) o Manicomio (de Universal) se presentaban como versiones alternativas de la casa disquera de peso, lo que los hacía parecer como verdaderas opciones independientes.
Ahora, grupos como Austin TV, LeBaron, Panda, Zoé, Porter, Yokozuna o Six Million Dollar Weirdo esgrimen la bandera indie como si eso equivaliera a un renacimiento musical. Pero lo que en alguna ocasión fue una corriente subterránea, ahora se ha convertido en un recurso publicitario que hace de lo indie lo más rentable para el mercado musical. Se ha querido sugerir que existe un sonido indie (guitarras sin florituras, letras naive, actitud neodesenfadada, más payaseo cool que compromiso político), pero en realidad, en lo indie podría entrar todo tipo de género, incluso los menos apreciados por los amantes de lo indie: reaggeton, cumbia, hip hop y hasta trova podrían colgarse el letrerito indie.
Parecería que en México, la actitud indie está más creada desde afuera (la ropa vintage, el despeinado a lo Paul Banks, los tenis converse) que desde la concepción musical de los artistas (¿cuántos de los indies suenan a algo verdaderamente nuevo?).
También, ni modo, es que me choca el término indie. Tan hype, tan trendy, que suena como para sentirse con onda cuando se toma una chela en la Condechi. ¿Se valdría agregar al membrete indie la extrañeza formal de grupos como Oxomaxoma o la necia marginalidad de Jaime López? –Pero eso no tiene ondita. No es indie. O sea goooeiiii