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| lunes, 08 de septiembre de 2008 | |||||
![]() Luces, cámara y rock Por Carlos Ramón Morales Al rock le costó trabajo entrar al cine. No sólo al mexicano, en Estados Unidos también fue difícil compaginar un arte que entonces ya contaba con el medio siglo, con un ritmo frenético y demasiado adolescente como el rock.
En México se asumió al rock como “un ritmo más”, que venía a incorporarse a la sensación del mambo o el chachachá, por eso los mismos intérpretes de estos ritmos intentaron entrarle al rock también. De ahí que una de las insólitas primeras películas donde se escucha rock en México sea Los chiflados del rock, con los reventadísimos ¡Luis Aguilar, Agustín Lara y Pedro Vargas! Por ese tenor se encuentra Las locuras del rock and roll, con Lilia Prado y Evita Muñoz “Chachita”, que tuvo como única presencia roquera a Gloria Ríos, vedette de swing que por error se convirtió en una de las primeras intérpretes de rock en el país.
Cuando se comprendió que el rock no sería moda pasajera, y que se iba convirtiendo en expresión de los adolescentes, las películas se bifurcaron en tonos regañones (Juventud desenfrenada de José Días Morales o La edad de la tentación de Alejandro Galindo), o en comedias bobas para el lucimiento de los roqueros baladistas como Enrique Guzmán (Mi vida es una canción) o César Costa (El mundo loco de los jóvenes).
El espíritu verdaderamente roquero lo dio el director Carlos Velo en 1967, quien con argumento de José Agustín se lanzó a la aventura psicodélica Cinco de chocolate y una de fresa, donde Angélica María luce como la diva rocanrolera que su mamá no la dejó ser. Angélica empieza siendo monja pero tras merendarse unos hongos alucinógenos termina como delincuente juvenil, con unas microfaldas de ensueño. La acompañaba en sus correrías Fernando Luján, pero más importante, la música jipiosa de los Dug Dug’s.
La psicodelia no prosperó porque se topó con el 68 y la represión postAvándaro. De nuevo regresaron las regañizas, como cuando en Un Quijote sin mancha, Cantinflas sermonea a una banda de hippies por estar de mugrosos y alucinados en vez de conseguir trabajos decentes. Lo verdaderamente alucinante es ver al cómico dándole al a go-gó mientras cantan Los Yaquis.
De 1990 es el experimento fílmico de Alberto Cortés, Ciudad de ciegos. La película cuenta cuarenta años de historia en la Ciudad de México desde el interior de un departamento, con pequeñas historias eróticas. En la penúltima historia, el departamento, destruido por los sismos de 1985, es tomado por Rita Guerrero y su banda de rock para ensayar. El último cuento, pésimo desde el punto de vista cinematográfico, maravilloso por su tono roquero videoclipero, contiene la famosa rola de “Foto Finish”, interpretada por Saúl Hernández (dis is di end mai frend), Sax, Rita Guerrero y algunos de los santos sabinos. Los cinéfilos odiaron la secuencia; los amantes del rock la amaron. De alguna manera significó la entrada del rock al cine mexicano con total dignidad.
Sin embargo, el rock sigue siendo tema menor en la filmografía nacional. Cada vez es más constante la presencia de bandas de rock en sus soundtracks, como ha ocurrido con la banda sonora de Amores perros, Temporada de patos o Niñas mal. De pronto se sabe que Austin TV musicaliza la película Más que a nada en el mundo, o que alguna rola de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio se asoma en la banda sonora de Reality Bites. Pero sigue haciendo falta esa película mexicana que funda, en igualdad de circunstancias, un argumento inteligente con una participación poderosa y orgánica del rock nacional. ¿Algo así será el documental de los botellos? ¿Algún director valiente que quiera entrarle al torito? La banda sigue esperando (Corte y queda).
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