Peace and love y el poder de la marihuana Por Carlos Ramón Morales
¿Es el 11 o el 12 de septiembre de 1971? Es la hora incierta de la medianoche en Avándaro. Ya tocaron La División del Norte y Tequila. Ahora es el turno de los tijuanenses de Peace and Love, liderados por Ricardo Ochoa en la guitarra y Felipe Maldonado en los teclados. Representan la novedad de la onda chicana; fusión de rock ácido y psicodelia: Frank Zappas de frontera.
Con Peace and Love llega el momento culminante de un festival que fue creciendo en escalada, hasta convertirse en el evento más importante del rock mexicano. Lo que al principio se había pensado como una carrera de autos en la que habría una banda de rock tocando dos que tres rolitas, de a poco se fue convirtiendo en el acto roquero más importante en el país. La cosa empezó porque a Javier Bátiz le pareció poca lana compartir los 40 mil pesos que el promotor, Armando Molina, proponía para su actuación y el de algún grupo más. Entonces, no hay fijón, Molina se decidió por invitar a otras dos bandas. O a cuatro de a diez mil pesos cada una. Cuando llego a ocho de a diez varos, ya nadie pensaba en la carrera de autos, pues todo el mundo tenía en la cabeza a Woodstock, el concierto gabacho del verano del 69 que había hecho el parteaguas en la generación.
(Otros tienen pensamientos menos felices. El Estado ha sido poco tolerante con las expresiones juveniles, y el 2 de octubre de 1968, e incluso hace 4 meses, el 10 de junio de 1971, ha dado muestras de su mano represora. Y Avándaro es el escenario ideal para volver a ostentar ese poder).
Aunque se esperan, nadie pela a los dos que tres carnales que gritan consignas políticas. De alguna manera se entiende que juntar a 200 mil jóvenes para escuchar rock and roll, ya es un acto político per se.
El elenco fue el siguiente: Los Dug Dug's, El Epilogo, La División del Norte, Tequila, Peace and Love, El Ritual, Mayita Campos y Los Yaki, Bandido, Tinta Blanca, El Amor, y Three Souls in My Mind. Se dice que el orden fue determinado al azar, rifando los turnos con papelitos en una cachucha. También se sabe que el Brujo Bátiz se arrepintió de no haber aceptado participar, y que junto con su hermana intentó asistir al concierto. Quedó entrampado en la carretera, junto con muchos otros que tampoco pudieron llegar.
Pero es el turno de Peace and Love. Recuerda el promotor Molina: “Allí ellos cometieron el error histórico de enterrar al rock mexicano. Todo iba bien, el concierto se estaba transmitiendo en vivo por Radio Juventud con los locutores Félix Ruano Méndez, Rubén López Córdoba y Agustín Meza de la Peña, pero el vocalista Felipe Maldonado y Ricardo Ochoa, en el momento más climático, se la pasaron recordándole a su familia al que no cantara. En ese momento la Secretaría de Gobernación giró instrucciones de cancelar la transmisión radial y de que quedaba prohibido difundir la música de los grupos de Avándaro. (…) Eso fue lo que más relegó y satanizó al rock, hasta que por ahí del 85, con el movimiento que le llamaron rock en tu idioma, se vuelve a explayar.”
Hay quienes satanizan a Peace and Love, pues aseguran que con sus actos y sus rolas de carácter tan subversivo como “We got the power ” y “Marihuana ”, indujeron a la estigmatización del rock por parte del Estado. Después de Avándaro los medios se escandalizaron, hubo razzias, la tira apañaba jipis para trasquilarlos y el rock debió esconderse en auditorios clandestinos de las periferias (los llamados hoyos fonquis) por cerca de quince años. Pero también hay quienes saben que el Estado buscaba el menor tropiezo para reprimir a toda costa, y en la participación de Peace and Love encontraron el pretexto ideal.
Lo cierto es que la participación de la banda tijuanense había sido, hasta el momento, el espectáculo de rock mexicano más poderoso en toda su historia. Los asistentes a Avándaro lo supieron. Pocos intuyeron que también caía una larga noche en el rock mexicano.