El vocalista fundador y líder de La Barranca, en exclusiva para vivelatino.com.mx, habla sobre su experiencia de tocar en el Festival Vive Latino.
Por José Manuel Aguilera.
Tocar en el Vive Latino es un sueño para cientos o quizá miles de músicos en nuestro país. Quienes lo han hecho saben que tocar en el foro multitudinario más importante del país resulta una experiencia inolvidable y particular.
Como todo festival que se respete a sí mismo, el Vive Latino vale tanto como ejercicio de convivencia comunitaria que como experiencia musical. Al igual que Woodstock, Caochela o Rock in Rio, tiene mucho de happenning, de gran kermesse liberadora, de maratónico día de campo en el que miles de adolescentes sudorosos pueden echar desmadre, beber cerveza e insolarse escuchando grupos de rock durante horas.
También, como todo festival importante, el Vive Latino cada vez es más un evento que atrae por sí mismo, independientemente del cartel convocado. Esto es algo que me gusta porque le confiere a todo el asunto una cierta cualidad democrática, en donde el amontonamiento nivela los pedigrís. Los invitados extranjeros cada vez importan menos como factores determinantes de afluencia (y me parece que los locales igual): el chiste es estar ahí, toque quien toque.
Para muchos músicos noveles, tocar en el Vive equivale a enfrentarse a audiencias que no necesariamente están ahí para oírlos, y que sin embargo, los oyen. Para otros pocos, es la oportunidad para consolidarse, y para los ya consolidados, es la oportunidad para revalidar sus laureles (o tocar por enésima vez sus hits). Para todos, presentarse en el Vive tiene mucho de circo, en este caso uno de tres pistas.
Después de varios años, el festival ha llegado a esta estructura de tres escenarios, uno central y dos laterales, que, aunque suelen traslaparse en el tiempo, en realidad resultan funcionales pues los sonidos de uno no contaminan a otro. Por otro lado, permiten (más bien promueven) la movilidad y una cierta posibilidad de elección para los asistentes.
Arriba del escenario, con un cartel apretujado y horarios estrictos de montaje y show, las cosas adquieren un ritmo frenético en el que nada puede retrasarse. Todo sucede a gran velocidad: subes al escenario, alcanzas a percibir al público, tocas tus canciones y en un suspiro ya terminaste.
Pero así como los que están enfrente del escenario encuentran su mayor disfrute en la experiencia de la colectividad, también para los músicos gran parte del chiste del Vive sucede tras bambalinas: en los camerinos, que democráticamente se van rotando para todos los grupos y de los cuales emergen personajes añorados y estrafalarios. ¿Cuántas historias, proyectos y amoríos no se habrán fraguado en la ineludible carpa-bar montada tras el escenario principal?
Además, el Vive es siempre una oportunidad para ver rencuentros de grupos extintos, formaciones insólitas de única vez o músicos que uno creía desaparecidos y que, sin embargo, rockean.
[José Manuel Aguilera, vocalista de La Barranca y ex-integrante de proyectos fundamentales del rock mexicano como Sangre Asteka, Jaguares y Nine Rain. Es considerado uno de los mejores guitarristas del rock mexicano. Compositor y productor, ha acumulado una discografía de más de 10 placas]