Está perplejo, el Fluxus. Le acaban de regalar un teléfono celular muy pero muy mamuco. Como tortuga en acuario de niña loca, se mantiene apanicado observando el diseño de esa “inmóvil paloma mensajera” (nombre que según él supone la manufactura de textos eficaces para sacar a la gente de su realidad concreta). Y no es que no haya tenido celulares antes, el Fluxus; pasa que prefiere molestar a quien se deje con la afectada actuación de “híjole, se me acabó el crédito, ¿me lo prestas un minutito?”, como si a semejante masa se le pudieran creer las delicadezas de hablar en diminutivo (aunque bueno… una de sus mayores entretengas las cumple asesorando a parejas lésbicas, todas creyentes de que él, el magnánimo Fluxus, es una enorme y dulce hembra).
El caso es que está expectante, el Fluxus, aguardando el momento de acercarse el nuevo aparato a sus inexistentes orejas (dos pellizcos de carne entre los pliegues del cuello), pues darlo de alta le llevó toda la mañana en un “centro de servicio a clientes” soportando a dos clientes emos que se presumían las bondades de sus modelos como si hablaran de maquillaje. A punto de ser madreados, a uno se le endureció el pecho emocionado señalando en la pantalla su foto con los de Panda.
“Ahora entiendo”, dijo el Fluxus burlonamente, ajustándose la corbata anaranjada exclusiva para trámites fuera de su colonia.
Pero eso fue en la mañana, decíamos; ahora en su “rockera madriguera” el Fluxus sale del letargo con las vibraciones del sofisticado teléfono. Fascinado, observa cómo las luces titilan antes de que en la minúscula bocina suene el ringtone que ha elegido: “Supermassive Black Hole” de Muse. Así, a punto de leer a su madre (sabe que es ella porque le prometió recordarle lo de su pastillita para la esquizofrenia), detiene en seco su deformado brazo y recuerda vertiginosamente la cantidad de veces que el timbre de un celular ha aplazado el éxito de sus sesiones espiritistas de los jueves. Confundido, el Fluxus cree que su vida emprenderá un viaje sin retorno. Llena entonces los pulmones de aire en el último segundo antes de tomar el aparatito, y se promete sospechando la derrota: “a mí no me va a pasar, el celular me la súper pela”.